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Lugar: África  EgiptoAño del viaje: 2022

El último fin de semana de febrero de 2022 –de viernes a lunes– volamos desde Berlín a Egipto, al sur de la península del Sinaí, junto con Ania y Mikołaj. No teníamos mucho tiempo, así que lo aprovechamos al máximo: subida nocturna al monte Sinaí para ver el amanecer, el monasterio de Santa Catalina, quads por el desierto, el cañón de Salama, Dahab y un arrecife de coral. Nuestra base fue Sharm el-Sheij.

Índice

  1. El monte Sinaí al amanecer
  2. El monasterio de Santa Catalina
  3. Quads y una jaima beduina
  4. El cañón de Salama y Dahab
  5. El arrecife de coral y la playa de Sharm el-Sheij
  6. Información práctica: aeropuerto, tiempo, comida

El monte Sinaí al amanecer

Ya la primera noche fuimos de excursión al monte Sinaí (2285 m s. n. m.), el lugar donde, según el Antiguo Testamento, Dios entregó a Moisés las tablas con los diez mandamientos. Es la segunda montaña más alta de Egipto, justo después del cercano monte Santa Catalina. El plan era ver el amanecer desde la cumbre, así que salimos hacia la una de la madrugada: a oscuras, con linternas y con frío. Por el camino hay casetas de piedra donde uno puede calentarse un rato.

La ruta tiene unos 10 km de ida y vuelta y más de 700 m de desnivel. No es difícil, aunque al final aparecen escalones y se vuelve empinada. Llegamos a la cima más de una hora antes del amanecer, así que tuvimos que pasar frío un rato más: arriba estábamos bajo cero.

La vista es muy bonita, pero no tan espectacular como la describen. Si hubiéramos podido elegir, habríamos subido de día, sin congelarnos por la noche.

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El monasterio de Santa Catalina

Al bajar veíamos en el valle el monasterio de Santa Catalina, que visitamos al terminar el descenso. Es el más antiguo de los monasterios cristianos que siguen en pie, rodeado de gruesas murallas de piedra al pie del monte Sinaí.

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Quads y una jaima beduina

Poco después de volver a Sharm el-Sheij nos esperaba otra atracción: un paseo de cerca de una hora en quad por el desierto al atardecer, con visita a una jaima beduina. Fue una buena experiencia, aunque casi siempre íbamos uno detrás de otro, porque así lo exigía el terreno. Recuerdo con cariño una excursión parecida cerca de Hurghada en 2008: allí el terreno era más arenoso y se podía «hacer más el loco».

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El cañón de Salama y Dahab

El domingo hicimos una excursión que no fue exactamente la que habíamos pagado. Íbamos a pasar la mayor parte del día en los cañones, pero al final pasamos casi todo el tiempo junto al agua, porque así lo quiso el resto del grupo. El organizador insistió en que no era culpa suya; nos devolvieron una pequeña parte del dinero, pero el tiempo no nos lo devuelve nadie. De haberlo sabido, habríamos elegido otra opción. Lo positivo: cruzamos el desierto en un jeep… ¡sentados en el techo!

Lo más interesante del día fue el cañón de Salama: un desfiladero estrecho con paredes de arenisca rojas y de colores, que el agua ha tallado en formas caprichosas. Eso sí, lo recorrimos en solo una hora, y precisamente los cañones eran lo que más ilusión nos hacía.

El resto del día lo pasamos en Dahab, a orillas del golfo de Áqaba: en una playa de piedras, entre camellos y en jaimas de estilo beduino.

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El arrecife de coral y la playa de Sharm el-Sheij

El lunes, antes del vuelo, todavía nos dio tiempo a salir en un barco con fondo de cristal para ver el arrecife de coral cerca de la orilla y a bañarnos en el mar. El agua estaba a menos de 20 grados, pero con pleno sol no molestaba tanto.

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Información práctica: aeropuerto, tiempo, comida

Los controles en el aeropuerto darían para otro texto. Aun llevando solo equipaje de mano, tuvimos que hacer la misma cola para el primer control que la gente con equipaje facturado; bien podría haber una cola aparte. Antes del control de pasaportes había que recoger las tarjetas de embarque y rellenar dos formularios. Después del control de pasaportes nos volvieron a escanear, y a mí un policía me eligió al azar para otro control personal. Menos mal que el avión iba con retraso: en el mejor de los casos habríamos llegado justísimos. Conviene llegar al aeropuerto con mucho margen.

El tiempo: de día normalmente más de 20 grados (el día del vuelo, hasta 26), pero la noche en el monte Sinaí fue helada: lleva ropa de abrigo.

La comida: intentamos probar la cocina local siempre que pudimos, aunque en una zona turística no es fácil. Comimos, entre otras cosas, falafel, berenjenas especiadas y cordero en salsa con verduras cocidas.

El viaje nos pareció todo un éxito. Con dos días más los habríamos dedicado a bucear en el parque nacional y a conocer la propia Sharm el-Sheij; solo estuvimos en nuestro barrio. Sin embargo, en todo momento teníamos en la cabeza el estallido de la guerra en Ucrania, y que la mayoría de los vendedores nos tomaran por rusos (que allí había muchísimos) no hacía más que acentuarlo. Tres semanas después volamos una semana a la vecina Jordania.

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